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“Estamos en Semana Santa” por @adyurich13

Estamos
Escrito por ANTONIO DYURICH D

¿Qué patria es esta que nos dejó Hugo Chávez después de despedazar la mía, la que llevo por dentro?   (Rodolfo Izaguirre-EN)

A la una: Dos recuerdos: Martes Santo, Abril del 2001.

Los niños del pueblo también disfrutábamos de estos días. Ayer empezaron las procesiones. Las chicharras permanecen mudas y todavía no anuncian lluvias, a pesar de que desde el “gallito” que hay en la Plaza Bolívar, por la acera que da a la calle 8, caen crestas como llamaradas de un curioso rio encendido.

Los muchachos recogemos aquellas diminutas pistolitas de agua, con los dientes le rompemos el piquito e inventamos una nueva travesura mientras llega el momento de sacar a la calle la imagen del día.

Hace calor, como siempre en estos días.

Los pocos carros que recorren las calles, levantan polvaredas que arremolinan las tardes perezosas. Ya se empieza a hablar de Pozo del Diablo, de Pajoncito y de Buchicabure.

Las bicicletas lucen sus rines brillantes y sus radios prolongan, en su efecto estroboscópico, los ardientes y brillantes rayos del sol, mientras la vida continúa distraída e indiferente, como que si los días de la Pasión, fueran mucho mas tarde.

Así, ardiente y venteado, lento y perezoso, se desliza este día hasta que después del almuerzo, mientras los grandes reposan y esperan, en esas horas en las que solo las rockolas y el ruido de los compresores de las cavas de los bares y las bodegas  fastidiosamente rompen el silencio, al compás del tac y tac de uno que otro ventilador de techo, los muchachos impacientes, con nuestras bromas y juegos, le torcemos el pescuezo al aburrimiento y le damos un empujón al lento paso del tiempo.

Llega la hora del baño y mi madre nos anuncia que también es hora de cambiarse y vestirse, mientras se seca la humedad que brilla en su larga cabellera.

Ya salió la procesión.

Ya Jesucristo salió a hacer su recorrido, cargado por los hombres de mi pueblo.

Allá se ve su trecho largo, por las calles de Chivacoa.

La encabezan los monaguillos. Luis López, carga el crucifijo y Matías y yo, somos los faroleros. Detrás de ellos, se forman dos filas de muchachos y muchachas del Colegio, hasta llegar al gentío que forman nuestras madres mientras rodean  al Santo que está en el centro, al tiempo que el Padre Vicente conduce los rezos.

De vez en cuando se escucha el dolido y melancólico canto que dice: Perdona a tu pueblo, Señor.

La banda que ha venido de San Felipe, con su trompeta y saxo, y el señor del redoblante que para cargar el tambor mayor, busca a uno de los nuestros, interpretan el Popule Meus, que es como decir: el llanto del pueblo.

Al paso, los comercios cierran sus puertas, como señal de respeto, y el Negro Pedro insiste, desde la esquina del Bar de Bigotes, que en el mundo no hay chofer como él: ni más lindo ni mas bueno.

Así, hasta que cae la noche y los Santos regresan al templo.

De allí al Cine Lido o al Diana, a ver, una vez más, Rey de Reyes o El Martir del Calvario, para que se nos graben, por siempre, en nuestros recuerdos.

Es Semana Santa, señores. Es Semana Santa en mi pueblo.

A la dos: Dos recuerdos: Martes Santo, Abril del 2003.

Hoy quiero olvidarme de todo este rollo en el que está envuelta la política.

No tengo nada en contra de ella. Por el contrario, me parece una actividad fundamental para que la vida en sociedad sea lo más fructífera posible. Lo que pasa es que a estas alturas me siento hasta la coronilla, de la misma.

Serán estas fechas, y lo que ellas significan para mí.

Decía una antigua y hermosa canción que interpretaba Néstor Zavarce que el “atardecer” son horas del recuerdo, de honda reflexión…” y puede ser ese sentimiento el que me embarga en esta tarde encapotada del Domingo de Ramos.

Son horas del recuerdo, de reflexión. Son días para pensar sobre lo que pasó, sobre lo que vivimos actualmente y sobre el futuro que nos espera, allá en la esquina.

Hoy es 15 de abril y es martes santo. Me imagino que debía ser un día igual a este cuando mi madre me mandó a comprar las “Ultimas Noticias” porque traían la información acerca de la muerte de Pedro Infante.

Qué cosas, no. Hoy se cumplen 46 años de aquel 15 de abril de 1957 –entonces lunes santo- cuando se estrelló el avión que transportaba a la más grande leyenda del cine mexicano.

El 18 de noviembre de este año, de no haberse producido aquél accidente ni la segunda muerte de mi ídolo infantil, el hijo de Guamúchíl cumpliría 86 años.

¡Cómo me cuesta imaginármelo viejito, canoso, arrugado y acabado!

Así se me desatan los recuerdos y empiezan a recorrer los caminos de la memoria.

Recuerdo que fue exactamente frente a la casa de los Brandt cuando, ese día, me detuve por un instante y leí la primera página del periódico: Se mató Pedro Infante. Hoy me detengo en mi recuerdo y miro hacia mi derecha y no veo aquella casa cuyo interior conocí dos o tres años después, cuando Doña Ogla coordinaba lo referente al Censo de Población de aquella época y aquél niño que era yo, formaba parte de aquel ejército que ella dirigía.

A la tres: Una vivencia: Martes Santo de 2017

El pasado Domingo de Ramos leì la columna de Rodolfo Izaguirre. De allì saquè el epígrafe de mi reflexión de hoy. ¿Qué patria es esta que nos dejó Hugo Chávez después de despedazar la mía, la que llevo por dentro?.

Ya no es el cuando vamos a salir de esta cruenta pesadilla, lo que me agobia.

Siento que ese día está cerca.

Ahora me pregunto cual es el precio que vamos a tener que pagar para que ellos –los herederos de esa patria despedazada que nos dejó Hugo Chávez-  entiendan que hoy la única opción que les queda es reconocer su fracaso y abrir las puertas para su regeneración para hacer posible un regreso futuro al apoyo popular o hundirse más en el estiércol podrido de la maldad.

Hoy parece que prefieran imponer el miedo a los suyos, porque nosotros ya no lo tenemos, para que los sigan acompañando en sus tropelías, para permanecer unos días o unos meses más ostentando un poder que ya el pueblo les quito de derecho.

Pero , hoy, Martes Santo de 2017, siento que también el respaldo interno a ellos se les vuelve más famélico cada día. Ya una de sus aliadas dio el primer aldabonazo.

Con toda y la arremetida represiva con que el alto poder de hoy pretende acallar las voces de reclamo, se perciben en los brazos ejecutores de los atropellos, una contención y hasta una cierta simpatía por el joven que protesta.

En ambas orillas flota un ambiente de reconciliación. Los bárbaros se refugian en el epíteto y corren en repliegue táctico hacia sus cada vez menos aliados e inspiradores.

Estamos en Semana Santa. Ella nos recuerda que para el pueblo de Dios la pasión no termina con la muerte.

Él ha resucitado y vivirá por siempre en la música del agua, en los colores de las rosas, en la risa del niño, en la savia profunda de la humanidad, en la paz de los pueblos, en la rebelión de los oprimidos, sí, en la rebelión de los oprimidos, en el amor sin lágrimas.”   (La Piedra que era Cristo. MOS)

 

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